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Historia de Engativá

Autor: Jorge Helberth Sánchez Tirado

 

TABLA DE CONTENIDO

INTRODUCCION

Etapas de la ocupación humana en el altiplano cundiboyacense

Antecedentes de las primeras ocupaciones humanas

El periodo lítico

El periodo Herrera

El periodo muisca temprano

El periodo muisca tardío

Hallazgos arqueológicos sobre el territorio de la actual ciudad de Bogotá

El humedal Jaboque y su importancia para la conformación del poblado indígena originario de Engativá

La conquista española y la llegada de Gonzalo Jiménez de Quesada a la sabana de Bogotá

Deshaciendo el mito de la fundación de Engativá

Las encomiendas en Engativá durante la época colonial

Notas

Lista de referencias

 

INTRODUCCIÓN

Para poder comprender por qué la localidad de Engativá es así como hoy la conocemos en los planos social, económico, cultural, urbanístico, político y ambiental, resulta clave conocer y entender ciertos sucesos de la historia de Engativá en su contexto distrital y regional. Por dicha razón, en este recuento de hechos que ha resultado de una investigación netamente documental, se ha intentado no desechar ningún detalle que pueda guardar relación con la construcción de la historia engativeña, esclareciendo y poniendo en contraste distintas versiones sobre algunos sucesos para que el lector o la lectora, considere por sí mismo/a la veracidad de la información.

Antes de comenzar, hay que decir a manera de advertencia, que muchas de las reseñas sobre la historia de Engativá que se encuentran en la red virtual e incluso de material físico, lamentablemente la mayoría de veces corresponden a documentos que han sido elaborados y publicados por entidades públicas o son informes de algunos proyectos ejecutados por operadores contratados por esas mismas entidades, los cuales repiten casi al pie de la letra lo que a su vez encontraron en otros documentos de los cuales no parece haberse puesto en duda su contenido, a pesar de que esos escritos no citan adecuadamente las fuentes de donde supuestamente han recopilado o recuperado la información que presentan o porque parece que solamente han revisado unos cuantos textos con los cuales pretendieron lograr reconstruir la historia engativeña.[1]

Queriendo cambiar esta situación, según el compromiso que al Observatorio Local de Engativá le caracteriza, se ha venido buscando ser lo más preciso y riguroso posible en la escritura de esta versión de la historia de Engativá, basándonse en una extensa revisión bibliográfica que incluye libros, revistas, artículos de prensa, páginas web, documentos legales, informes de investigación, e incluso crónicas de la conquista española, entre otros tipos de documentos los cuales aparecen citados en la lista de referencias al final del escrito. Dicho sea de paso, que esta labor ha sido bien dificil sobre todo con lo que respecta a las épocas prehispánicas y coloniales, porque como dice Gonzalez (2004, p. 5) "lo cierto es que la historia de Engativá (...) ha tenido poca importancia para quienes han realizado las historias de pueblos de indios de la sabana." Sin embargo, ni para esas épocas ni para las posteriores la idea es cesar en el intento de buscar y recuperar toda la información que se pueda, con un fiel compromiso por la verdad y con la valoración de los elementos de una identidad engativeña siempre en construcción. Y ese empeño como se verá a continuación, ha rendido sus frutos, con lo que podemos decir que se está haciendo un importante aporte para la localidad y la ciudad de Bogotá.

Este texto se encuentra abierto a su discusión y a seguir siendo construido, tanto según la historia engativeña siga aconteciendo, al igual que como se vayan encontrando más referencias y datos en la literatura consultada. Esta es una de las virtudes de la escritura que presentan las páginas en la red virtual puesto que se cuenta con cierta libertad para escribir, reescribir, corregir y borrar cuantas veces quiera su escritor o cuando sea necesario para aumentar y mejorar el texto. Por eso mismo, son bienvenidos los aportes de quienes consideren tener información que pueda ampliar lo que aquí se narra e incluso controvertir los datos presentados, siempre y cuando se tengan buenos argumentos lo suficientemente sustentados en literatura especializada. Si alguna de las personas lectoras de las páginas a continuación desea ponerse en contacto con el Observatorio Local de Engativá con el propósito de hacer aportes, preguntas o sugerencias respecto a la historia de Engativá, puede hacerlo escribiendo al correo electrónico Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.. (C)

 

Etapas de la ocupación humana en el altiplano cundiboyacense

Debido a la ubicación de Engativá en la ciudad de Bogotá, para esta reconstrucción histórica son consideradas siete épocas distintas en lo que concierne a la ocupación humana de la altiplanicie cundiboyacense, las cuales se enuncian en la Tabla No. 1.

 

Tabla No. 1. Etapas de la ocupación humana sobre la altiplanicie cundiboyacense

Nombre del periodo Años calculados antes del presente (A.P)
Lítico (o edad de piedra) 13.000 a 3.000
Herrera 3.000 a 1.200
Muisca Temprano 1.200 a 800
Muisca Tardío 800 a 400
Periodo Colonial 400 a 200
Periodo Republicano 200 a 100
Periodo Moderno 100 hasta hoy

 

Antecedentes de las primeras ocupaciones humanas

Se ha establecido que gran parte del actual territorio colombiano, estaba cubierto por el mar hace aproximadamente 100 millones de años, cuando América y África todavía se encontraban unidas en un mismo continente. Mucho tiempo después, hace siete millones de años, se formó la cordillera de los Andes y hace 200 mil años comenzó la penúltima glaciación que terminó hace 140.000 años. Según Martha Herrera (2008, p. 6 y 7) “en esa época los páramos y las nieves perpetuas rodeaban el altiplano de Bogotá, que por ese entonces era un lago; solo las partes bajas del oriente y del occidente del departamento de Cundinamarca estaban cubiertas de bosques.” Se calcula que este lago llamado Funzé se fue desecando paulatinamente hace 40 mil a 30 mil años, "dejando numerosos lagos andinos de menor tamaño." (p. 37)

Durante la última glaciación, entre los 30.000 y 20.000 años antes del presente, el clima era bastante frío y seco sobre la sabana de Bogotá y existía una vegetación de páramo húmedo. Hacia el año 20.000 A.P. el clima se volvió más frío y seco y solo 5.000 a 7.000 años más tarde, el clima empezó a mejorar, aumentando la temperatura y la humedad, la vegetación adquirió un carácter de subpáramo y los bosques especialmente de alisos, cubrieron casi toda la sabana, todo lo cual permitió la llegada de los primeros grupos humanos al territorio. “Para esta época ya hay vestigios de la presencia del hombre, representados en carbón vegetal y artefactos líticos (hechos de piedra), sin descartar la posible utilización de otros materiales como madera y hueso en la fabricación de instrumentos.” (Botiva, 1989). (C)

 

El periodo lítico

De acuerdo a pruebas de carbono 14 realizadas en algunas zonas de exploración arqueológica, se sabe de los primeros vestigios humanos sobre el altiplano de Bogotá datan de unos 13.000 y 11.000 años antes del presente, tratándose principalmente de restos de artefactos hechos en piedra y madera y de huesos de animales dejados por grupos de cazadores en sitios donde habrían tenido campamentos estacionarios de cacería. Entre los restos óseos de animales se encuentran los de mastodontes, conejos, caballos, venados y roedores como el curí (Herrera, 2008, p. 9).

En la hacienda El Abra ubicada entre Zipaquirá y Tocancipá, se han encontrado los restos más antiguos de la ocupación de la altiplanicie Cundiboyacense, datados de hace unos 12.500 antes del presente, mientras que en los abrigos rocosos del Tequendama (ubicados en el municipio de Soacha) se encontraron restos de grupos semi nómadas que utilizaban los huecos de grandes rocas (parecidos a cavernas pero menos profundos) para cubrirse de la intemperie, es decir, que estas personas todavía no construían casas sino que habitaban cuevas naturales por breves lapsos de tiempo y luego migraban a seguir cazando y recolectando en otras partes. En estos abrigos rocosos se han encontrados restos que corresponden a diferentes épocas, entre los años 11.200 y 2.500 AP (antes del presente). En dichas áreas los cazadores estacionarios mataron con sus armas hechas de piedra o madera, animales de gran tamaño como mastodontes, caballos, venados, lo mismo que conejos y roedores, que constituían buena parte de su dieta alimenticia (Herrera, 2008, p. 9).

Entre los años 8.500 y 3.000 antes del presente, son notables los cambios en las ocupaciones humanas porque tienden a ser más permanentes y se encuentran los primeros vestigios de agricultura y de domesticación de animales con fines de subsistencia, aunque existen restos que sugieren que los habitantes seguían recolectando frutos y realizando expediciones de caza de la fauna lugareña para complementar su dieta alimenticia (Herrera, 2008, p. 11).

De esto constituye un buen ejemplo los mismos abrigos rocosos del Tequendama, donde otros restos encontrados de años más recientes, evidencian un aumento de la población y periodos más largos de permanencia de grupos humanos. Estos mismos restos sugieren que los ocupantes de los abrigos rocosos provenían del valle del Magdalena puesto que algunas herramientas estaban fabricadas en materiales  propios de esa región. La antropóloga Martha Herrera asegura al respecto que la ocupación humana en el valle del río Magdalena fue anterior a la de los altiplanos (Herrera, 2008, p. 10).

La Tabla No. 2 señala los principales lugares de hallazgos arqueológicos que anteceden en muchos años, la existencia de los muiscas y que corresponden al periodo denominado lítico (entre los 12.500 y los 3.300 A.P.), caracterizado por restos de herramientas de piedra y piedras talladas para usos relacionados con la caza y la preparación de alimentos. Este periodo también se caracterizó por las actividades de recolección de frutos silvestres para el consumo humano. Entre los años 5000 y 3000 AP, los grupos humanos fueron disminuyendo paulatinamente las actividades de caza y recolección para dar lugar a prácticas agrícolas, incluyendo mucho más adelante la cría de animales y solo hasta el descubrimiento del sitio Aguazuque 1, se encontraron los restos más antiguos de especies vegetales que posiblemente fueron cultivadas para la alimentación, específicamente de zapallo, de ibia y de motilón, los cuales pueden tener una antigüedad de unos 3900 años (Santiago, 2012). Otra de las características inconfundibles del periodo lítico es que no se había desarrollado la alfarería, es decir la elaboración de cerámica elaborada con arcilla. (C)

 

Tabla No. 2. Sitios arqueológicos en la altiplanicie cundiboyacense correspondientes al periodo lítico

Nombre del sitio Localización Antigüedad aproximada (A.P.)
El Abra Zipaquirá (Cundinamarca) 12.500
Tibitó 1 Tocancipá (Cundinamarca) 11.800
Abrigos rocosos del Tequendama Soacha (Cundinamarca) 11.200
Sueva I Junín (Cundinamarca) 10.100
Los Alpes Gachalá (Cundinamarca) 9.100
Neusa Tausa (Cundinamarca) 9.000
Galindo Bojacá (Cundinamarca) 8.700
Checua Nemocón (Cundinamarca) 8.200
Nemocón 4 Nemocón (Cundinamarca) 7.600
Potreroalto Soacha (Cundinamarca) 6.800
Hacienda Quebraditas Zipaquirá (Cundinamarca) 5.400
Chía III Chía (Cundinamarca) 5.000
Aguazuque 1 Soacha (Cundinamarca) 4.050

 

El periodo Herrera

La época establecida entre los siglos VIII a. C. y VIII d. C. ha sido denominada como periodo Herrera, haciendo alusión a la Laguna de Herrera (Mosquera, Cundinamarca) donde hasta cierto momento habían sido encontrados y fichados los restos de cerámica más antiguos en la altiplanicie cundiboyacense. Dichos hallazgos, como los de Zipacón (Cundinamarca), evidencian que la alfarería comenzó a desarrollarse en la altiplanicie cundiboyacense hace unos tres mil doscientos años aproximadamente, tiempo para el cual también comenzaba a ser cultivado el maíz.

Por los restos hallados en Zipacón que datan de los años 1300 a.C. (hace 3.300 a 3.200 años antes del presente, aproximadamente), ha surgido la hipótesis de una ocupación humana que provenía del valle del río Magdalena hacia la sabana, puesto que en el sitio arqueológico se encontraron huesos de pecarí y semillas de aguacate, provenientes de zonas más cálidas lo mismo que cerámica con características de las de poblaciones del valle del Magdalena (Herrera, 2008, p. 12).

Álvaro Botiva Contreras (1989) afirma que:

"El reconocimiento y distribución de 30 sitios del período Herrera muestran una ocupación extendida por todo el altiplano (Mosquera al sur, Tunja al norte, Zipacón al suroccidente y Ubalá al oriente), así como en diferentes pisos térmicos, que incluyen áreas de páramo (Payará II), de clima frío (sabana de Bogotá) y de clima templado (en las dos vertientes Ubalá y Valle de Tenza al este y Zipacón hacia el oeste)."

Los asentamientos durante el periodo Herrera se caracterizaban por ser muy dispersos y pequeños (de menos de una hectárea), en su gran mayoría constituidos por casas individuales o pequeños caseríos aislados con muy pocas viviendas (entre cuatro y seis bohíos), todas ellas construidas con troncos sobre terrenos generalmente fértiles. Aunque también se utilizaron los abrigos rocosos, no se hacía propiamente para vivir sino como simples campamentos de paso.

Los habitantes del periodo Herrera pueden ser considerados como los antepasados de los muiscas (Herrera, 2008, p. 11) lo que les ha hecho merecer la denominación de premuiscas. Ellos fueron “los primeros alfareros de la región y conocieron la agricultura, pero también ocuparon abrigos rocosos y campos abiertos en la sabana de Bogotá, la vertiente del río Guavio, el Alto Valle de Tenza, la Altiplanicie de Tunja y los alrededores de la Sierra Nevada del Cocuy” (Botiva, 2008).

Romero (2011, p. 5) asegura que la agricultura sobre la sabana de Bogotá fue comenzada a desarrollar solo hasta 2100 años AP (antes del presente), es decir hacia el 150 a. C., mientras que otros proponen que la agricultura pudo haber empezado a practicarse desde tiempos más remotos, hace unos 3300 a 3000 AP, basados en hallazgos como el de Zipacón 1 donde fueron encontradas evidencias de cultivo de maíz y batata (Santiago, 2011). Si esto último fuese cierto, implicaría que la agricultura en la región pudo haberse comenzado antes del desarrollo de la alfarería. Junto con los restos de maíz y batata en Zipacón, se hallaron semillas de aguacate que sugieren el intercambio de las tribus de la sabana de Bogotá con las tierras cálidas del valle del Magdalena de donde es propia esta planta (Herrera, 2008, p. 12).

Aunque no se tiene certeza de que la práctica de cultivar de los habitantes de la sabana de Bogotá fuese originada en el mismo territorio o si esta pudiese deberse a los contactos o las migraciones procedentes del valle del río Magdalena, si hay más seguridad respecto a que la cerámica fuese traída al altiplano por grupos provenientes de otras áreas (Herrera, 2008, p. 11). Los restos de cerámica del periodo Herrera se distinguen porque sus principales adornos se hicieron mediante incisiones (Herrera, 2008. p. 12).

Existe evidencia que data del 2.200 y 2.100 antes del presente, sobre la producción de panes de sal en Nemocón, Zipaquirá y Tausa, los cuales se obtenían hirviendo en vasijas de barro, el aguasal que emergía a la superficie en forma de manantiales, hasta evaporar el agua. Pero también se habla de la probabilidad de que en el periodo Herrera la sal ya fuese un objeto de intercambio. También hay evidencias de la producción de telas elaboradas con hilos finos y de la práctica de la orfebrería durante el periodo Herrera (Herrera, 2008, p. 13).

En la Tabla No. 3 se reseñan sitios arqueológicos que corresponden al periodo conocido como Herrera. Los tres primeros sitios de la tabla también contienen restos del periodo lítico, es decir que marcan una etapa de transición con el periodo Herrera.

 

Tabla No. 3. Sitios arqueológicos correspondientes al periodo Herrera

Nombre del sitio Localización Antigüedad aproximada (A.P.)
Zipacón 1 Zipacón (Cundinamarca) 3.300
Vistahermosa Mosquera (Cundinamarca) 3.150
Chía I Chía (Cundinamarca) 3.120
Infiernito Villa de Leyva (Boyacá) 3.000
Humedal La Herrera Madrid (Cundinamarca) 3.000
Nueva Esperanza Soacha (Cundinamarca) 3.000
Guaymaral Suba (Bogotá) 3.000
Nemocón Nemocón (Cundinamarca) 2.200
Piedra Pintada Ventaquemada (Boyacá) 2.200
Chía II Chía (Cundinamarca) 2.100
Zipaquirá V Zipaquirá (Cundinamarca) 2.000
Sogamoso Sogamoso (Boyacá) 1.700

 

Si como dice Carl Henrik Langebaek  “la población Herrera se distribuyó en las áreas planas y fértiles cerca de los ríos, mostrando poco interés por las áreas más inclinadas y alejadas” (Langebaek, 2008, p. 72) y aunque los cálculos demográficos sugieren una escasa población durante el periodo Herrera (Langebaek, 2008, p. 73), es probable que en la sabana de Bogotá, bordeando el río Bogotá y sus áreas inundables, se hubieran asentado pequeños poblados durante el periodo Herrera, constituyendo los antecedentes de pueblos muiscas de Bosa, Fontibón, Engativá, Suba, Soacha, Chía y Cajicá. (C)

 

El periodo muisca temprano

La existencia de sitios arqueológicos con restos de tejidos, de objetos de oro y de cerámicas adornadas con tintes naturales; la producción o extracción de sal y la existencia de zonas con presencia de más restos óseos humanos que sugieren una mayor densidad poblacional, son los elementos que demuestran la aparición de una cultura más avanzada social, económica y políticamente que la del periodo Herrera (Herrera, 2008, p. 14). A esta cultura se le ha conocido como muisca, y abarcó desde el siglo VIII de nuestra era (Muisca temprano), alcanzando mayor relevancia y progreso entre los años 1200 y 1600 d. C. (Muisca tardío), justo hasta el periodo de la conquista europea y la colonización española (Herrera, 2008, p. 13 y 14).

El periodo muisca temprano se presentó entre los 1.200 y 400 años antes del presente (es decir, entre el año 800 d. C. y el 1.200 d. C. Para Langebaek (1995, citado por Romero, 2011, p. 5), las características de los sitios arqueológicos correspondientes a esa época, dan muestras de un cambio en los patrones de asentamiento, mientras que las formas y la decoración de la cerámica encontrada, sugieren la aparición de jerarquías sociales, todo lo cual indica una centralización política y un cambio de organización social con respecto al del periodo Herrera.

La Tabla No. 4 menciona los sitios arqueológicos que nos hablan de los primeros asentamientos muiscas. El denominado Tunja VI, parece evidenciar la transición entre los premuiscas del periodo Herrera y los pueblos muiscas propiamente dichos. (C)

 

Tabla No. 4. Sitios arqueológicos correspondientes al periodo muisca temprano

Nombre del sitio Localización Antigüedad aproximada (A.P.)
Tunja VI Tunja (Boyacá) 1.300
Parque Industrial San Carlos Funza (Cundinamarca) 1.250
Busbanza Busbanza (Boyacá) 1.150
Vereda La Laja o Buenavista Buenavista (Boyacá) 990
Sutamarchán 11 Sutamarchán (Boyacá) 950
Portalegre Soacha (Cundinamarca) 950
El Infiernito Villa de Leyva (Boyacá) 920
Siquianeca Samacá (Boyacá) 800

 

El periodo muisca tardío

Aunque se encuentra mucha más información del periodo muisca tardío que de los periodos que le precedieron, gracias a los sitios excavados y a datos etnohistóricos, hay que decir que en general es poco lo que se sabe con toda certeza sobre cada uno de los pueblos de la Sabana de Bogotá antes de la llegada de los españoles y esto se debe sobre todo a que los muiscas no desarrollaron lenguaje escrito con el cual hubiesen podido hacer registro de su presente y su pasado.[2] La situación es menos ventajosa cuando se trata de Engativá pues no existen reportes de hallazgos arqueológicos realizados en la zona, excepto por los del humedal Jaboque de los cuales se hablará en específico más adelante.

Lo que en general se conoce de la historia de Bogotá antes del año 1600 d. C., está basado en la revisión de crónicas de Indias, en los reportes de autoridades españolas en América (por cuenta de procesos judiciales por propiedades de tierras o asuntos similares en los cuales los testigos indígenas interrogados, narran su versión sobre historias de herencias y sus ascendencias), en las leyes y normas dictadas desde España y en menor medida, en documentos coloniales existentes en el Archivo General de la Nación (Bogotá) o en el Archivo General de Indias en la ciudad española de Sevilla (Therrien, 2008, p. 172). Otra parte de lo que se ha podido reconstruir sobre nuestros antepasados muiscas se debe a los hallazgos arqueológicos realizados en los departamentos de Cundinamarca y Boyacá.

Existe un consenso entre los estudiosos del tema muisca de que el periodo muisca tardío (también conocido como muisca clásico) se desarrolló entre el año 1200 d. C. y 1600 d. C. Este periodo “se asocia con los cacicazgos, las parcialidades indígenas, la vida aldeana establecida en diferentes territorios y una compleja organización socio política. El territorio muisca ocupado durante este periodo (…) involucra, a nivel de intercambio, grupos diferentes de las vertientes e incluso del valle del Magdalena, y otros grupos vecinos asociados lingüísticamente con los muiscas (por ejemplo, Laches, Chitareros y Guanes en el departamento de Santander)” (Romero, 2011, p. 6).

 

Tabla No. 5. Sitios arqueológicos correspondientes al periodo muisca tardío

Nombre del sitio Localización Antigüedad aproximada (A.P.)
San Carlos Cota (Cundinamarca) 700
Peñitas Samacá (Boyacá) 650
Tapias 1 Samacá (Boyacá) 600
El Venado Samacá (Boyacá) 550
Zipaquirá III Zipaquirá (Cundinamarca) 480

 

El área ocupada por los muiscas correspondía a un territorio que se calcula unas cuatro veces más grande que la ocupada por los habitantes del periodo anterior, extendido por una amplia zona de la cordillera Oriental desde los actuales municipios de Fosca, Pasca (Páramo de Sumapaz) y Tibacuy al sur, hasta los municipios de Onzaga, Soatá y el valle del río Chicamocha al norte; por el oriente llegó hasta la vertiente de la cordillera que da a los llanos, abarcando diferentes regiones y gran variedad de pisos térmicos (probablemente desde los 1.000 y 3.000 m.s.n.m.), incluyendo los municipios de Quetame, Gachalá, Somondoco y Zotaquirá, y parte del Páramo de Pisba; por el occidente abarcó una gran parte de la vertiente del Valle del Magdalena, desde la población de Tena al sur hasta los páramos de Chontales y Guantiva, al norte (Botiva, 1989; Romero, 2011, p. 6).

A la llegada de los europeos, los actuales departamentos de Cundinamarca y Boyacá, estaban ocupados por una gran variedad de culturas: muiscas, panches, tapaces (o colimas) y muzos. La mayoría de la población muisca estaba centralizada en dos grandes unidades políticas: el Zipazgo de Bacatá (Bogotá) y el Zacazgo de Hunza (cerca de la actual Tunja), pero había señoríos independientes que no dependían ni de uno ni del otro. El Mapa No. 1, destaca en color amarillo el territorio que abarcaba el Zacazgo de Tunja, en verde el Zipazgo de Bogotá y en rosado los territorios muiscas independientes.

Muiscas llegada espaoles

 

Los muiscas del sur, ubicados en la que hoy conocemos como sabana de Bogotá, con sus 150 mil hectáreas, incluyendo los terrenos de la actual Engativá, fueron el asiento de la más poderosa organización muisca de la época bajo el dominio del cacique de Bacatá o Zipa, quien regía el denominado Zipazgo de Bogotá el cual incluía diferentes etnias como los sutagaos, los chíos o suraguas y los llamados guapis, búchipas o macos.

El centro político o población principal de los muiscas bajo el dominio del Zipa, quedaba ubicado en territorio del actual municipio de Funza, al costado occidental del río Bogotá, río que los muiscas también denominaban Funza antes que los españoles rebautizaran en la época colonial con el nombre con el que hoy lo conocemos. El zipazgo de Bogotá al parecer estaba construido sobre terrazas aluviales inmediatas al valle de inundación del río Bogotá. Bosa, Fontibón y Engativá, tres de las cinco localidades que actualmente tiene al occidente la ciudad de Bogotá, poseen una historia antiquísima como poblaciones muiscas. Estas tres poblaciones también se ubicaban en las inmediaciones de las zonas que anegaba el río Funza y que se inundaban en las épocas de lluvia en invierno. Probablemente dichas poblaciones, utilizaron el río Funza (hoy Bogotá) como vía de transporte de mercancías entre sí y otras poblaciones como la de Chía, Soacha y Cajicá, y como tránsito en la peregrinación hacia ceremoniales muiscas como el del Salto de Tequendama. (C)

 

Hallazgos arqueológicos sobre el territorio de la actual ciudad de Bogotá

Entre los límites de lo que hoy conocemos como Bogotá, se han hallado restos arqueológicos correspondientes al periodo Herrera y sobretodo al periodo muisca, los cuales nos dan una idea de los asentamientos precolombinos y coloniales de nuestros antepasados indígenas, sus formas de vida y organización social, e incluso, sus patrones funerarios. La Tabla No. 6, nos muestra la distribución de estos sitios arqueológicos según las localidades de Bogotá, mostrando los tipos de hallazgos para cada sitio, el periodo respectivo y la antigüedad probable de los hallazgos cuando se ha podido hacer alguna estimación mediante medios e instrumentos especializados.

 

Tabla No. 6. Sitios arqueológicos en Bogotá por localidad, detallando el tipo de hallazgo, los periodos y la antigüedad estimada

Localidad Nombre del sitio Tipo de hallazgo Periodo Antigüedad estimada (antes del presente)
Bosa El Corzo Campos de cultivo. Camellones Muisca Sin fecha
Ciudad Bolívar Candelaria La Nueva Vivienda.Líticos. Cerámica. Óseo humano. Restos fauna. Artefactos óseos fauna. Metales Muisca 800
Ciudad Bolívar San Francisco Sitio de entierro. Líticos. Cerámica. Óseo Humano. Restos Fauna Muisca Sin fecha
Engativá Humedal Jaboque Campos de cultivo. Camellones. Monolitos Muisca Sin fecha
Fontibón Fontibón (lotes) Poblado. Líticos. Cerámica Herrera - Muisca Sin fecha
Fontibón Calle 30 con Cra. 97 Indeterminado. Líticos. Cerámica. Metales Muisca Sin fecha
Fontibón Hacienda El Escritorio Campos de cultivo. Camellones Muisca Sin fecha
Fontibón Hacienda La Estancia Campos de cultivo. Camellones Muisca Sin fecha
Kennedy Urbanización industrial Nueva Fábrica. Las Delicias Líticos. Cerámica. Óseo humano. Restos fauna. Artefactos óseos fauna. Restos vegetales. Metales Muisca 1.180 A.P.
La Candelaria El Palomar del Príncipe Indeterminado Muisca Sin fecha
Santa Fe Llano de La Mosca Tumba. Líticos. Cerámica. Óseo humano. Restos fauna. Metales Muisca. No definido Sin fecha
Suba La Conejera Campos de cultivo. Camellones Muisca temprano y Muisca tardío Sin fecha
Suba Hacienda San Jorge Campos de cultivo. Camellones. Líticos. Cerámica Muisca Sin fecha
Suba La Palma. Conjunto residencial Basurero. Cerámica Muisca Sin fecha
Suba Guaymaral Vivienda. Campos de cultivo. Camellones. Cerámica Herrera y Muisca 3.080 y 1.400
Suba La Filomena Vivienda. Campos de cultivo. Camellones Muisca 2.470, 1.540, 1.050 y 200
Suba La Enseñanza Vivienda. Campos de cultivo. Camellones Muisca Sin fecha
Suba Club Los Lagartos Campos de cultivo. Camellones Muisca Sin fecha
Suba Área reconocimiento sistemático (AMB) 1. De Fontibón a Cota Vivienda. Campos de cultivo. Camellones Herrera y Muisca Sin fecha
Suba Área reconocimiento sistemático (AMB) 2 Vivienda. Campos de cultivo. Camellones Herrera y Muisca Sin fecha
Suba Área reconocimiento sistemático (AMB) 3 Vivienda. Campos de cultivo. Camellones Herrera y Muisca Sin fecha
Tunjuelito Inmediaciones ladrillera La Candelaria Basurero y cementerio. Líticos. Cerámica. Óseo humano. Restos Fauna. Artefactos Óseos Fauna Muisca Sin fecha
Usme Nuevo Usme Asentamiento y cementerio. Cerámica. Óseo humano. Muisca Sin fecha

 

Las fuentes etnohistóricas (es decir, las que escribieron algunos españoles durante la conquista y la colonia) registran además de los asentamientos del zipazgo, la práctica que las poblaciones muiscas de cultivar maíz sobre camellones construidos en la zona inundable del río Bogotá, rodeados de canales que además usaban como “pesquerías”. En las localidades aledañas al río Bogotá (Bosa, Fontibón, Engativá y Suba), se han encontrado vestigios de esos camellones y campos elevados de cultivo lo cual da claras señales de un sistema agrícola muisca bien extendido desde épocas prehispánicas, basado en el aprovechamiento de las aguas del río Bogotá y sus zonas inundables. En el capítulo a continuación, precisamente se hace una mención más detallada del uso del humedal Jaboque por parte de los muiscas, mostrando el valor histórico y patrimonial que debería poseer para las actuales generaciones y las venideras. (C)

 

El humedal Jaboque y su importancia para la conformación del poblado indígena originario de Engativá

En primer lugar, se debe tener en cuenta que los humedales bogotanos son remanentes del gran lago Funzé o Humboldt, formado hace aproximadamente cinco millones de años por el enfrentamiento de las placas tectónicas de Nazca y la Suramericana (Ángel Casas, 2012). Miguel Triana (citado por Villegas, 2003, p. 38), indica que en los tiempos de los muiscas "el suelo de la altiplaniecie no era lo que hoy se ve; ho había sabanas y valles esmaltados y gramíneas, sino grandes lagunas solitarias, encerradas entre cerros, con tal cual isla cubierta de bosque, refugio de los venados." La leyenda muisca de Bochica precisamente hace alusión a la existencia de una extensa zona inundada sobre la sabana de Bogotá, producto del desborde de los ríos Funza, Tibitó y Sopó la cual ocurrió por castigo del dios Chibchachum por los excesos de los indigenas. Tras los ruegos de los pueblos de la sabana de Bogotá, Bochica resolvió la situación con golpe de su vara de oro sobre una roca, formando el Salto de Tequendama por el cual las aguas se fueron filtrando hasta ir desecando la gran laguna, permitiendo que las gentes y pueblos de esa época pudieran cultivar y así sobrevivir (Villegas, 2003, p. 48 y 49).

De acuerdo a los análisis geológicos mencionados por Muñoz (2004), se ha establecido que el humedal Jaboque (palabra muisca que según algunos traduce Tierra de abundancia y para otros, la Tierra de los leños de Dios), fue formado de manera artificial por el taponamiento de la desembocadura de la antigua quebrada Jaboque, tras la construcción de sistemas de canales por parte de poblaciones nativas alrededor del año 800 a. C. (Villada, 2013, p. 7).

En el humedal Jaboque, lo mismo que en otras áreas colindantes al río Bogotá, los muiscas garantizaban su sustento en todas las épocas del año, implementando un sistema de cultivo conformado por canales (o zanjas) y por camellones. Los camellones eran montículos de tierra de forma alargada sobre los cuales los muiscas cultivaban especies vegetales como el maíz, el frijol, la batata y la ahuyama entre otras. Las zanjas o canales, básicamente eran los espacios formados entre camellón y camellón y fueron utilizados para la pesca, especialmente del pez capitán (que de paso valga decir que  también fue muy apetecido por los conquistadores y colonos españoles). El sistema de camellones y zanjas servía para el abastecimiento de alimentos, la protección de los antiguos poblados indígenas y de los cultivos frente a las inundaciones y las heladas, lo mismo que para el establecimiento de las viviendas permitiendo que estas estuvieran siempre cercanas a las fuentes de alimento. El sistema de camellones era muy efectivo para la agricultura muisca puesto que servía para sostener a grandes poblaciones humanas, cultivando plantas cuyas raíces no se dañaran por una alta humedad, aprovechando la fertilidad del terreno, la humedad en tiempos de sequía y el drenaje en épocas lluviosas (Santiago, 2012). Los camellones y canales de la sabana de Bogotá han podido fotografiarse desde el aire por cuenta del Instituto Agustín Codazzi, la Universidad Nacional y astrónomos norteamericanos (Ángel Casas, 2012, p. 43), tal como se muestra en la Imagen No. 1 en la que se pueden observar una gran extensión de los vestigios de los camellones muiscas.

Tibabuyes 9

En la sabana de Bogotá se han inventariado tres patrones de configuración del sistema de camellones y canales: uno de ellos se construía "paralelo al cuerpo de agua y muy cercano a él, para utilizarlo en la pesca; otro se construyó perpendicular a éste sobre las zonas de inundación, permitiendo la circulación del agua para regar los cultivos y utilizarlo en las épocas más secas; y el tercero construido de manera ajedrezada, localizado en áreas algo más altas, para utilizarlo en épocas de invierno, cuando los camellones que se encontraban bordeando el río eran cubiertos por la creciente." (Boada, 2006, citada por Díaz-Forero, 2013, p. 107).

Un aspecto demasiado importante de la cultura muisca era su devoción por todas las fuentes de agua (la diosa muisca del agua erra llamada Sie) en especial por las lagunas de las cuales las más destacadas eran las de Guasca, Guatavita, Siecha, Teusacá y Ubaque (Villegas, 2003, p. 38). En ese mismo sentido, los humedales también eran venerados y fueron centros ceremoniales menores. Al respecto, la antropóloga Henny Margoth Santiago señala:

"los humedales fueron estratégicos para el desarrollo cultural de los Muiscas, quienes se mantuvieron en equilibrio con ellos, no solo por los recursos que estos espacios les ofrecían, sino porque se fueron convirtiendo en lugares sagrados que explicaban el origen de la vida y otros acontecimientos, como la fertilidad, asociada a la trilogía sol – agua - tierra, trilogía que también podía significar semen –útero - labranza, y lo terreno y lo pagano. El papel preponderante que tuvieron los humedales, las lagunas, los ríos y las quebradas para los muiscas, se debió, probablemente, al ser una sociedad agrícola, que dependía del agua para sus sementeras y, por ende, para su vida misma (Castaño, 2003; Rojas de Perdomo, 1995). La importancia del agua en la vida muisca, se aprecia de múltiples formas; una de ellas, se representa en sus templos, considerados espacios sagrados que, según la clasificación realizada por Casilimas Rojas & López Ávila (1989) encontramos: Centros Ceremoniales Mayores Principales, Centros Ceremoniales Mayores Secundarios, Centros Ceremoniales Menores y Templos Particulares." (Santiago, 2012).

Reiterando lo anterior, Villegas (2003) afirma que para una comunidad esencialmente agrícola como la muisca "de la acción del agua depende el éxito de las cosechas y por tanto el bienestar general de toda la población. Es el agua, y de ahí algunas de las mitologías de los muisca, el origen de la vida. "Así como la luz, el sol y la luna integran el aspecto ancestral de la mitología chibcha, el agua es motivo de culto y fuente de leyendas religiosas.' (Hernández, 1975, p. 176, citado en Villegas, 2003, p. 38). La evangelización de los españoles durante la colonia, condeno la adoración del agua y de la diosa Sie, entre otras deidades muiscas, calificándolas como demoniacas e hizo que muchos indígenas convertidos al cristianismo, incluso evitaran el agua hasta el punto de no bañarse, algo totalmente contrario a sus costumbres ancestrales donde al agua al mismo tiempo era considerada un agente purificador y un factor de higiene fundamental para los indígenas de la región (Villegas, 2003, p. 54).

Precisamente muy cerca al humedal Jaboque, la investigación realizada entre los años 2003 y 2005 por el Instituto de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional de Colombia (ICN), la cual fue auspiciada por la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá, detectó un cerillo al extremo noroccidental del humedal, que parece haber sido usado para realizar ceremonias muiscas y como se verá más adelante, sirvió de referencia para un observatorio astrónomico muisca. La investigación citada también dio cuenta en el humedal Jaboque y en sus alrededores, de un sistema de canales y camellones, veinte monolitos y un jarillón de origen prehispánico. Además, permitió establecer la ubicación del antiguo poblado de Chise al costado nororiental del humedal y de la zanja Toguasanco.

Los monolitos encontrados en el Jaboque (también denominados como los monolitos de Tunete o Tunigua, de acuerdo a Ángel Casas (2012), fueron puestos sobre montículos de tierra denominados camellones y solo son visibles algunos de ellos en ciertas zonas del humedal ya que en su mayoría siempre están cubiertos por el espejo de agua (Villada, 2013, p. 11). En la crónica escrita por Nathaly Díaz Cruz denominada “Las abuelas de piedra de los muiscas”, se cuenta cómo dos estudiantes de geología de la Universidad Nacional llamados John Muñoz y Miguel, el primero de los cuales vivía cerca al humedal hacia la primera década del 2000, exploraron el humedal detallando la forma en que habían sido dispuestos los monolitos, “Encontramos cuatro camellones o montículos de tierra, en cruz, que se reunían en torno a un anillo central, bastante ancho, por el cual se podía caminar bien. (…) Muy cerca al anillo central encontramos el primer monolito, especial y diferente a los otros porque tenía un hueco bien pulido en la parte superior” contaron los estudiantes referenciados por la cronista. Unos meses más tarde, John identificó los diecinueve monolitos todavía emplazados en el humedal y un hueco donde posiblemente se ubicaba otro (Díaz, 2011, p. 39). Según el mismo John, basado en sus conocimientos geológicos y la composición mineral de los monolitos, lo más probable es que estos fueron traídos por el río Bogotá desde el cerro de Manjuy en Facatativá.

Monolitos1

Se había llegado a pensar que los monolitos del Jaboque eran prehispánicos y que tenían una alineación intencional constituyendo lo que se conoce como un geoglifo (figura hecha mediante alineación de rocas) en forma de serpiente, pero luego de una extensa revisión de fuentes documentales coloniales, los arqueólogos López e Izquierdo establecieron que la construcción de los canales y la colocación de los monolitos no ocurrieron por la misma época sino que estos últimos fueron puestos ahí en cinco momentos distintos durante el periodo colonial entre 1594 y 1762, por orden de autoridades coloniales con la intención de marcar los límites del resguardo de Engativá (López e Izquierdo, 2005; López, 2008).

En cuanto a tres de los monolitos agujereados, se dice que estos servían como observatorio astronómico de los muiscas habitantes de las inmediaciones del Jaboque y de acuerdo a López e Izquierdo (2005), precisamente para el solsticio de junio de 1758 cuando estos fueron instalados, estaban alineados con la constelación de escorpión y tomaban como referencia puntos geográficos como el del cerrillo ubicado al noroccidente del humedal, (el cual posiblemente correspondía a un santuario referenciado en las fuentes documentales de la época colonial) y los poblados muiscas de Chise y Tibaguyes (Ángel Casas, 2012, p. 43).

Los monolitos estaban dispuestos de tal forma que funcionaban como un observatorio astronómico que permitía a los muiscas determinar “el día exacto de cualquiera de los amaneceres o puestas de sol en solsticio, mirando por encima del monolito adecuado y según la dirección que permitiera la alineación hacia los cerros precisos, para ver la salida del sol o establecer su distancia. (…) Mediante la fijación de puntos de observación en los monolitos, los muiscas del Jaboque determinaron las fechas para la siembra y la cosecha, pero teniendo en cuenta que la sabana permanecía inundada, dieron especial importancia a la determinación del comienzo de las épocas secas, en donde podían cultivar productos un poco más resistentes como la papa o el maíz." (Díaz, 2001, p. 42).

En síntesis, el humedal Jaboque era un lugar clave para el abastecimiento alimenticio de los primeros habitantes muiscas de Engativá, el cual tuvo cierto grado de avance tecnológico al contar con su propio observatorio, permitiendo a los agricultores establecer con mayor certeza los ciclos de cosecha más apropiados. Igualmente, pudo haber tenido una importancia en el sistema ceremonial muisca dadas sus costumbres y creencias en torno al agua. Y finalmente, según los documentos históricos hallados por López e Izquierdo, el uso de los monolitos bajo el interés colonial de establecimiento de linderos, supo combinarse con el uso de los muiscas de los mismos monolitos de acuerdo a su cosmovisión. (C)

 

La conquista española y la llegada de Gonzalo Jiménez de Quesada a la sabana de Bogotá

Para poder descifrar la incognita de cómo era Engativá a la llegada de los españoles a la sabana de Bogotá y luego organizar las pistas sobre cómo se empezaron a adminstrar estas tierras por parte de los conquistadores españoles, es necesario hacer una revisión de la historia de la expedición de conquista de Gonzalo Jiménez de Quesada.

Gonzalo Jiménez de Quesada llegó al poblado de Santa Marta en los Nuevos Reinos de Granada a mediados de 1535 (Gamboa dice que a principios de 1536) con la expedición de Pedro Fernández de Lugo. El puerto de Santa Marta por ese entonces ya tenía una cantidad muy grande de pobladores que además crecía rápidamente por los europeos que iban llegando, además de los nativos de la zona y de otras regiones que empezaron a acompañar las expediciones españolas. Esta situación generó problemas de abastecimiento, lo que en gran medida aceleró poner en marcha la idea de adentrarse más desde el territorio costero buscando otras tierras donde encontrar productos para sostenerse, para financiar las propias expediciones y para enviar a España. Por otra parte, había el interés por hallar otra ruta hacia las tierras de Perú de las que se sabía eran muy ricas gracias a las historias sobre las expediciones de Pizarro en la que había encontrado los grandes tesoros Incas y las dos gobernaciones, las de Cartagena y Venezuela, empezaron a competir con la de Santa Marta por encontrar rutas hacia Perú.

Es así como el 5 de abril de 1536 Jiménez de Quesada partió de Santa Marta con unos 800 hombres divididos en dos grandes grupos, 600 a pie divididos en ocho compañías y 100 hombres a caballo y otros 200 hombres navegando por el río Magadalena en cinco bergantines. Los de pie y a caballo borderon por el norte la Sierra Nevada hasta llegar al valle de Upar, siempre siguiendo una de las instrucciones de la Corona española: conseguir oro para seguir financiando las expediciones por el nuevo continente para consolidar el proceso de conquista, deseablemente mediante el convencimiento pacífico de los nativos o por la fuerza si se encontraba resistencia.

Entre los europeos que acompañaron a Jiménez de Quesada, predominaron hombres relativamente jóvenes, entre los 17 y 47 años, de unos 27 años en promedio, con algo de experiencia en otras conquistas pero sin instrucción militar alguna en su gran mayoría, sino que eran "de las más variadas profesiones, donde predominaban los artesanos y los campesinos provenientes de los sectores medios y bajos de la sociedad" y poseían un bajo nivel de educación (Gamboa, 2008, p. 118 y 119). El más letrado de todos era el licenciado Jiménez de Quesada, Teniente General de la expedición conquistadora.

"Estos hombres se organizaban en grupos muy simples, por compañías de a pie y a caballo, lideradas por capitanes y un general a la cabeza de todos. No recibían ningún salario y aportaban sus propios recursos y sus propias armas. Actuaban con la esperanza de lograr un botín y mejorar su posición social. (...) Si triunfaban, recibían recompensas de acuerdo a su rango. Los jefes obtenían la mejor parte del botín y una encomienda, es decir, un grupo de indios del podían exigir tributos y un trabajo. Los demás obtenían encomiendas más pequeñas o partes más modestas del botín y como no alcanzaban para todos, debían enrolarse en nuevas expediciones. Pero si fracasaban, tenían que asumir todas las pérdidas. (...) Eran gentes que hab{ian venido a América para mejorar su situación y hacer fortuna. La mayoría no eran nobles ni soldados profesionales, pero tampoco eran la escoria, como se sol{ia decir hace algún tiempo." (Gamboa, 2008, p. 118 y 119)

En la primera parte de su travesía por la zona norte, los de Quesada se enfrentaron con pueblos chimilas y caribes, pero también se iban adhiriendo nativos aliados que les servían de intérpretes, guías, cargueros y que estaban dispuestos a luchar junto con los europeos si era preciso, factor favorable a los expedicionarios, además de sus armas de fuego, armaduras, escudos y caballos.

Sin detenerse mucho en ningún lugar, las huestes de Jiménez de Quesada recorrieron toda la zona del Cesar y la región de Chiriguaná. La temporada lluviosa que los acompañó en la mayoría del viaje, las enfermedades tropicales, las fieras salvajes y las duras batallas con algunos grupos nativos, fueron diezmando a los españoles. Cuando se encontraron en Tamalameque con el grupo de conquistadores que venía por el río Magdalena desde su desembocadura en el mar Caribe, el grupo que venía a pie y en caballo con Quesada, ya había sufrido 100 bajas entre sus hombres (Gamboa, 2013).

Desde Tamalameque los dos grupos ahora unidos, continuaron la travesía, uno navegando sobre el Magdalena en los bergantines y otro lentamente a pie con Jiménez Quesada bordeando las riberas del río y sorteando toda clase de animales salvajes, bichos y sabandijas. Los ropajes deteriorados de los españoles iban siendo remplazados por mantas que conseguían de los pueblos nativos mientras que las bajas seguían siendo constantes por las inclemencias de la temporada lluviosa en medio de la selva tropical, los ataques de animales y las batallas.

Habiendo recorrido más de 700 kilómetros desde su salida de Santa Marta y tras más de ocho meses de travesía, los extenuados expedicionarios se encontraban frustrados porque no encontraban los anhelados tesoros que buscaban y la leyenda del El Dorado parecía no ser más que una fantasía. Entonces, en el lugar llamado La Tora o Barrancas Bermejas (como lo bautizó y fundó el 6 de julio de 1536 Jiménez de Quesada) tomaron un descanso de unos 3 meses mientras los cuales murieron aproximadamente otros 200 europeos. A principios de 1537, decidieron adentrarse por el río Opón hacia la cordillera cerca al actual poblado de Vélez, atraídos por la imagen de indígenas que no consumían sal marina sino que cargaban grandes bloques de sal y llevaban vestidas mantas mucho más elaboradas que las que habían visto antes. "(...) ahí tuvieron noticia de la existencia de los muiscas". (Gamboa, 2008, p. 116). Este nuevo viaje los llevó al altiplano cundiboyacense, expedición que a la larga logró consolidar el dominio sobre la zona central de este territorio, que fue bautizado por Quesada como el Nuevo Reino de Granada, en honor a su tierra natal.

Cuando se encontraron con los muiscas, se cuenta que el grupo original de españoles había quedado reducido a tan solo unos 166. Sin embargo, contaban con tropas indígenas aliadas de diferentes tribus desde Santa Marta y el Río Magadalena, que calcula Gamboa (2008, p. 121), sumaban entre 5000 y 20000 hombres, a los cuales se unirían otros más en la altiplanicie cundiboyacense, tierra de los muiscas.

Los españoles fueron informados de que el cacique de Bogotá era uno de los más ricos y se dirigieron hacia su pueblo, sin encontrar mayor resistencia. Bogotá, quien había sido avisado de la llegada estos seres extraños por las gentes que los vieron y por algunos presagios interpretados por los sacerdotes indígenas, fue presa del temor y decidió huir para salvar su vida. Al no poder atraparlo, los españoles se dedicaron durante varios meses a explorar la región, saqueando todos los pueblos donde llegaban." (Gamboa, 2008, p. 117).

Jiménez de Quesada divisó por primera vez la sabana de Bogotá desde los cerros de Suba donde instaló campamento y se maravilló de lo extensa que era, de la gran cantidad de poblados y las construcciones hechas por los muiscas. Así que a estas nuevas tierras divisadas inicialmente las denominó “Valle de los Alcázares” porque se le hacían semejantes a esa región en España.

Después de varios años de gestiones e intrigas, logró que fuera separado de la gobernación de Santa Marta a donde pertenecía inicialmente e incluso logró que Santafé, la ciudad que fundó en 1538, fuera declarada sede de una Real Audiencia que se instaló en 1550 y la convirtió en la capital del reino. El río Grande de la Magdalena, la ruta seguida por él y sus hombres con el objetivo de llegar al Perú, abrió de todos modos el camino hacia tierras ricas en minas de oro y plata que le dieron vida a varias ciudades. Mercancías, pasajeros e ideas recorrerían, de ahora en adelante, esta ruta abierta por Quesada y sus hombres y sería la principal vía de comunicación del Nuevo Reino de Granada y la posterior República de Colombia, hasta ser desplazada por el tráfico automotor. Aunque el Perú no pudo ser alcanzado por esta dirección y El Dorado sigue siendo buscado sin éxito, la jornada de aquellos hombres no resultó en vano. (Gamboa, 2013).

De acuerdo a Rufino Gutiérrez (1920), el nombre original de Engativá dado por los primitivos pobladores muiscas era el de Inga y los españoles a su llegada comenzaron a llamarle Ingativá o Engativá. Probablemente era uno de los poblados más cercanos que rodeaban al oriente la capital del zipazgo de Bogotá (que se ubicaba en el actual municipio de Funza) y del cual estaban sujetos, lo que podría darle la razón a versiones citadas por el mismo Gutiérrez de que "era un pueblo muy grande" o una "ciudad rica y populosa en tiempo de los indios." Estas versiones son coincidentes con las del cronista Lucas Fernández de Piedrahita, quien, en la que parece ser la única ocasión en la que hace alusión a Engativá (pero como Ingitiva) en su libro Historia General de las Conquistas del Nuevo Reino de Granada publicado en 1688, señaló que esta población era un grande y próspero asentamiento muisca por el que estuvo de paso Juan de Céspedes (uno de los principales hombres del ejército conquistador comandado por Gonzalo Jiménez de Quesada) a su regreso de una expedición al sur en territorio de los indios sutagaos en Fusagasugá. Sin embargo, estas versiones se contradicen después de deducir por diferentes fuentes que en realidad no era un poblado importante sino que más bien pudo ser una mediana zona de cultivo bajo el sistema de camellones y canales, ocupada por una población de indios que se dedicaban a labores agrícolas para su propio sustento. (C)

 

Deshaciendo el mito de la fundación de Engativá

En muchos documentos se ha venido copiando al pie la letra una reseña histórica sobre Engativá aparecida en el libro "Recorriendo Engativá: diagnóstico físico y socioeconómico de las localidades de Bogotá", editado en el año 2004 por parte del extinto Departamento Administrativo de Planeación. En esa reseña se habla de la fundación del poblado de Engativá por parte de los españoles, "posiblemente el 22 de mayo de 1537". Existe otra corta reseña histórica de un documento anterior en la que solamente se dice categóricamente que Engativá fue fundada en 1537 y corresponde al libro Diagnóstico Local con Participación Social, Localidad Engativá, publicado en 1998. En ambos libros no se cita la fuente documental específica de la cual han extraído dicho dato.

Por las indagaciones realizadas para el presente estudio histórico, hay razones suficientes y bien sustentadas para afirmar que nunca hubo una fundación de Engativá y a continuación se van enunciar y explicar cada una de esas razones.

En primer lugar, las Leyes de Indias, más exactamente la Ley Tercera, del Título VII, del Libro IV, ordenaba que no se fundaran poblados en inmediaciones de pantanos y lagunas para evitar peligros asociados a animales venenosos e infecciones:

"Ordenamos que el terreno y cercanía, que se ha de poblar, se elija en todo lo posible el más fértil, abundante de pasto, leña, madera, metales, aguas dulces, gente natural, acarreos, entrada y salida, y que no tengan cerca lagunas ni pantanos, en que se críen animales venenosos, ni haya corrupción de aires, ni aguas". (Texto citado por Villegas, 2003, p. 60).

Precisamente el criterio de no tener pantanos circundantes componía la serie de razones por las cuales se escogió el sitio legendario donde se dice que ocurrió la fundación de Bogotá, justo donde se hallaba el lugar de descanso del Zipa de Bogotá y que era conocido como Teusaquillo o Teusaca.

"Lo que hizo determinar la fundación en aquel sitio -relata Simón- fueron las comodidades que en él hallaron, que son las que debe tener el de una ciudad cuerdamente poblada, porque el suelo tiene la altura que ha menester para que corran las aguas sin empantanar las calles y plazas y le falta la que no ha menester que hiciera las calles dificultosas de andar..." (Fray Pedro Simón, Tomo 3, pág. 300, citado por Villegas, 2003, p. 61 y 62).

Como ya se dijo a propósito del humedal Jaboque, el poblado de Engativá de origen prehispánico había sido conformado por los muiscas y configurado de acuerdo a sus propios sistemas de cultivo para utilizar eficientemente y a favor de sus cosechas las zonas inundables del río Bogotá, en esos tiempos llamado río Funza. Pero esto no tenía nada que ver con las tradiciones españolas de conformación de sus villas y ciudadades según las cuales contar con sitios secos donde fácilmente pudiera correr el agua durante y después de una lluvia, era un asunto fundamental y una orden de la propia Corona Española para preservar la salud de sus gentes.

Se podría considerar que otro de los argumentos fuertes para descartar la fundación de Engativá como un suceso realmente acontecido tiene que ver con el nombre de su supuesto fundador. Las únicas fundaciones realizadas por Jiménez de Quesada y sus hombres durante sus expediciones de conquista fueron las de Santafe de Bogotá (el mismo Jiménez de Quesada, 6 de agosto de 1538), Tunja (Capitán Gonzalo Suárez Rendón, 6 de agosto de 1539) y Vélez (Capitán Martín Galeano, 14 de septiembre de 1539). Los últimos pueblos fueron fundados por los capitanes Suárez y Galeano, respectivamente, cumpliendo las órdenes de Gonzalo Jiménez de Quesada para quien eso resultaba un asunto clave para garantizar que se le otorgara la gobernación del Nuevo Reino de Granada por parte de la Corona Española y debía de realizarse antes de que él conquistador regresara a España. De Diego Romero, de quien se ha dicho en algunas reseñas históricas de Engativá que fue su fundador, se sabe que era hijo ilegítimo de don Carlos de Mendoza (Acosta de Samper, 1883), que llegó a Santa Marta en 1538 con Pedro Fernández de Lugo y que por orden de éste "fue a la pacificación de los indios de Bonda, Coto, Villahermoso y Sierra Nevada. Contribuyó al descubrimiento de las minas de Somondoco y ayudó a pacificar a las provincias de Duitama, Guatavita, entre otras" (González, 2004, p. 12). Se dice también que en recompensa de sus servicios militares, recibió las encomiendas de Uncipa y de Yngativá (Acosta de Samper, 1883). También se sabe que habitó Santafe de Bogotá "desde su fundación y durante su vida desempeñó los cargos de Alguacil Mayor, Procurador General, Mayordomo (en 1552) y Regidor (en 1576)" y que murío en Santafe en 1592 a la edad de 80 años (Rodríguez Freyle, 1638). Aunque fue uno de los hombres notables de la expedición conquistadora de Jiménez de Quesada no fue uno de sus capitanes por lo cual nunca se le delegó ninguna fundación de poblados.

De lo que hay más certeza en cuanto a la relación a la figura de Diego Romero con Engativá debido a las fuentes documentales encontradas, es que por sus aportes en las batallas de conquista contra algunas tribus e incluso por mención a las heridas recibidas en ellas, a Romero se le nombró encomedero de una de las tribus localizadas alrededor del humedal Jaboque, más exactamente la denominada de Yngativá y eso ocurrió en el año 1551. Diego Romero no fue el primer encomendero de Yngativá sino el tercero. El primer encomendero de Yngativa fue Lázaro Fonte quien la recibió en 1538 y la vendió luego a Alonso Téllez por 300 o 400 pesos. Alonso Téllez y Diego Romero compartían por mitad la encomienda de Bosa. En 1551 Téllez le ofrecio a Romero cambiar su mitad de la encomienda de Bosa por la encomienda de Yngativá y así fue como pasó Diego Romero a ser el tercer encomendero de Yngativá (González, 2004, p. 11 y 12). Si a alguien le hubieran tenido que conceder el título de fundador de Engativá, suponiendo de manera errónea que hubiese sido fundada, debía ser a Lázaro Fonte por ser el primer encomendero y no a Diego Romero quien fue el tercero (el segundo se llamaba Alonso Téllez).

Precisamente a esto va ligado otro de los argumentos en contra de la idea de la fundación de Engativá: que crear y recibir una encomienda eran cosas bien distintas a fundar una villa o una ciudad. En efecto, la encomienda fue la figura preminente por la cual se premió a los hombres importantes de una legión conquistadora por sus aportes a la conquista. Es un asunto que no requería ningún protocolo o ceremonia ni militar ni religiosa solemnes; simplemente se trataba de que el máximo líder de la expedición hiciera mención del encomendero respecto a la encomienda que recibía y poner en conocimiento a todas las huestes conquistadoras de ese título, el cual debía ser avalado por la mismísima Corona Española. Cosa contraría sucedía con la fundación de villas y ciudades donde había un protocolo establecido por la Corona en el cual la misa fundacional era el hecho más importante de la ceremonia de fundación pues era impensable no contar con la bendición de la iglesia (y por ende de Dios) sobre la ciudad a fundar. Completaba el conjunto de actividades de fundación la planeación del trazado del pueblo o ciudad según el cual éste se iba a constituir. Los trazados de las poblaciones creadas por los españoles durante la colonia tenían como elemento primordial la construcción de una iglesia. De acuerdo a la investigación de Diana González, solo hasta 1628 la Real Audiencia ordenó la construcción de una iglesia 'decente' en Engativá que remplazara a la que había de bahareque y paja, pero solo fue hasta el año 1652 que esta iglesia fue terminada, construida al lado de la iglesia vieja (González, 2004, p. 44 y 45). Hay que tener en cuenta que la primera iglesia de Santafe de Bogotá, después de la exigua capilla de bareque y paja en la que se hicieron las primeras misas, fue empezada a construir en 1553. Si Engativá hubiese tenido la importancia estratégica para fundar allí un pueblo colonial y hubiera reunido las condiciones de terreno exigidas por las Leyes de Indias antes citadas, tal vez no se hubiesen tardado más de 110 años luego de la supuesta fundación, para que se terminara de construir una iglesia con buenos materiales.

Para terminar, la investigación realizada por Diana González, concluye con suficiente argumentación que lo que aparece en el Diccionario Geográfico de Colombia (1994, Tomo 2, p. 844 como cita González) sobre una fecha de fundación de Engativá en 1537, es del todo incorrecto, procediendo a hacer la narración de las encomiendas colindantes al humedal Jaboque y su proceso de reducción para la conformación de un solo poblado en 1601:

Iniciando el siglo XVII se había comenzado a ejecutar un proceso de agregación de dos o más encomiendas, realizado por los oidores visitadores Diego Gómez de Mena y Luís Enriquez, llevando a cabo una política de agregación en los diferentes poblados de la Sabana. En el año de 1601 fueron agregados los repartimientos de Tibaguyas, Baguatoque, Chise, Sisativa al pueblo de Engativá según lo constata el "Testimonio de las visitas y poblaciones de los Pueblos de Tunja y Santafé y Otras Cosas por Luís Enriquez. Santafé 15 de mayo de 1601". (Gonzalez, 2004, p. 43)

La misma autora, señala que luego de la fundación de Santafé y Tunja, en su calidad de Teniente General, Gonzalo Jiménez de Quesada repartió entre sus tropas "los depositos de indios, que luego serían ratificados por la Corona" (Gonzalez, 2004, p. 6) y se dispone a graficar las sucesiones de cada una de las cinco encomiendas en que fue dividido el territorio de Engativá al rededor del Jaboque en los primeros tiempos de la colonia española, de lo cual se habla en el siguiente capítulo con más detenimiento. (C)

 

Las encomiendas en Engativá durante la época colonial

Las versión de que Engativá fue una sola encomienda es refutada por Diana Gonzalez en su invetigación ya citada. Según sus averiguaciones, alrededor del humedal Jaboque existieron cinco encomiendas: Yngativá, Chisé, Sisativá, Tibaguya Suvantiva y Tibaguya (Baguatoque). La Tabla No. 7 ha sido construida a partir de los datos aportados por González (2004).

 

Tabla No. 7. Sucesión de las encomiendas de los pueblos aledaños al humedal Jaboque. Reconstrucción hecha con base a las gráficas elaboradas por González, Diana (2004). La vida en policía durante la época de indios: el proceso de reducción en el pueblo de Engativá 1539 - 1650. Bogotá: ICANH.

Yngativá Chisé Sisativá Tibaguya Suvantiva Tibaguya (Baguatoque)
Lázaro Fonte Hernán Pérez de Ugarte Gaspar Méndez Juan de Arévalo o Pedro de Arévalo
Alonso Téllez Andrés Pérez Morán Luis Jurado Ynes Gutiérrez
Diego Romero (1551) Francisca de Mendoza de Aguilar Diego Arias Torero Diego Rodríguez de Valderás Juan de Guzmán
Diego Romero de Aguilar Alonso Gutiérrez Pimentel María Arias de Ugarte Adriana Maldonado Francisco Osorio Nieto de Paz
Don Pedro Otalora y Mazmela Diego Gutiérrez Pimentel Juan de Zapiain Bartolomé de Mazmela Nicolás Osorio Nieto de Paz
Bárbara Pimentel – Francisco Velásquez Eufrasia Zapiain Bartolomé de Mazmela (hijo)
Margarita Velásquez Fernando de Olmos Doña María de Otalora
Miguel de Mena Loyola

 

Notas

[1] Parece ser que la mención de 1537 como el año de la presunta fundación de Engativá fue hecha por primera vez en 1998 en el informe Diagnóstico Local con Participación Social editado por la Dirección de Salud Pública de la Secretaría de Salud (p. 40), sin determinar de dónde se extrajo dicha información. Desde allí muchos otros informes de entidades públicas sobre la localidad han continuado manejando este dato como si fuera absolutamente cierto y sin intentar contrastarlo con otras fuentes. A propósito de este tipo de fallas, Mónika Therrien, en su artículo Indígenas y mercaderes: agentes en la consolidación de facciones en la ciudad de Santafé de Bogotá, hace una observación como resultado del trabajo realizado con su equipo de investigación sobre la historia de Bogotá, con la cual se concuerda plenamente, aún más cuando se trata este intento de construcción de la historia de un territorio más pequeño como el de Engativá comparado con el de Bogotá: “al analizar detenidamente el uso de las fuentes documentales en la historiografía de la ciudad, lo que sorprende (…) es la poca o nula crítica que existe respecto a aquellas investigaciones sustentadas en unas cuantas fuentes documentales o en el peor de los casos, en un solo documento (por demás de algún dato raro, curioso o 'vital'), de los cuales se extrapola la información para abarcar la generalidad del escenario de la evolución urbana”. Therrien, Mónika. Indígenas y mercaderes: agentes en la consolidación de facciones en la ciudad de Santafé de Bogotá. En: Los Muiscas en los siglos XVI y XVII. Miradas desde la Arqueología, la Antropología y la Historia. Gamboa, Jorge (compilador). 2008, p. 172.

[2] Si bien existe arte rupestre en diferentes zonas (la mayoría de ellas desprotegidas y muy poco estudiadas), las pinturas precolombinas encontradas en varias rocas por el altiplano cundiboyacense, no parecen ser parte de un lenguaje sino simplemente arte figurativo en el que sobresalen representaciones de la fauna silvestre y de dioses de la mitología chibcha.

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